Lanzarote: blanco, verde, negro, marrón… Comienzo con colores este texto porque simbolizan lo característico de esta mágica isla canaria. Blanco y verde de la mano, representan los hogares conejeros, la sencillez, la pureza, lo esperanzador. Negro, es toda esa lava volcánica que ha quedado petrificada para todos los tiempos en este lugar de la Tierra, con sus formas varias, con sus burbujas. Marrón, son montañas, son riscos, como los majestuosos de Famara.
Las vivencias en esta isla han sido magníficas. Hemos visitado playas, yacimientos arqueológicos, hemos tenido charlas, conocido artistas, hemos cantado, jugado, limpiado. La infinidad de cosas de las que disfrutamos en esta isla y en las anteriores son de agradecer.
La mejor sorpresa de este camino ha sido nuestra visita a la entrañable islita de La Graciosa. ¿Cómo puede ser que en lugar tan pequeño exista tanta magia, tantos rincones bendecidos por la belleza y espontaneidad de la creación? Les digo, no fue mi primera visita a esta isla, pero si la primera en hacerla en comunidad y, no exagero, a pesar de haber pasado solo una noche, no olvidaré los momentos allí vividos, menos aún olvidaré los mensajes susurrados al oído por mis compañeros aquella intensa noche.
Como no, La Graciosa también tiene un color para mí, el amarillo, el de sus playas, de sus calles arenosas y de su gente que irradiaba un brillo de este color; color sol.
Y en efecto, así es. Nuestro paso por esta isla, mejor dicho por estas islas, ha sido multicolor, cada color impregnado de emoción. ¿Qué me está pasando en Lanzarote?, pregunta habitual que rondaba mi cabeza cada noche en casa, en el Terrero de Tao. Quizás ninguna noche me respondí nada convincente, quizás nunca le di fin a mi respuesta, pero sinceramente sé que no estaba obligada a responder, porque sencillamente no la tenía, y mi viaje continúa.
Lanzarote, isla de colores
