Hace millones de años, cuando se formaba la vida en el mar y salían a la superficie las primeras plantitas, y esas plantitas se convertían en árboles y frondosos bosques… no existían los animales. Al menos no los grandes mamíferos ni las aves, ni los reptiles. Y los árboles estaban ahí, sin necesitar nada de nadie, como esperando. Y no se escondían ciervos ni jabalíes tras los brezales. Y en el sonido del bosque no piaban los pájaros. Solo las copas de los árboles sometidas al viento. Los árboles, solitarios, tomando el sol.
Hasta que llegaron los animalitos, que de una u otra manera siempre se han aprovechado de la Naturaleza. Y hasta que los animalitos se hicieron grandes y decidieron que podían controlar a las plantas, aprovechando que no huirían con el rugir de las motosierras. Que se sacrificarían al calor del fuego. Pero los incendios son un luto. Un luto que queda en el monte y en el corazón de quien lo contempla. Tocar una rama cadáver, ya fría, que se sostiene en pie a modo de cruz sobre su propia tumba. Andar por un sendero, las manos cubiertas de ceniza, y saber que eso también lo ha hecho el hombre. Y sentir rabia. El mismo sentimiento que quizá causó otro incendio. Pero un (re)sentimiento que jamás tendrán los pinos, que perdonan con nuevos brotes. Y recordar que en los bosques de Canarias, islas volcánicas, no hay apenas animalitos. Tan solo los que pudieran llegar por aire o por mar (también en barcos cargueros). Y agradecer al bosque su solidaridad al permitirnos vivir con él. En él.
El bosque tomando el sol
