La mitad ya ha pasado. Isla tras isla y ya van cuatro. No te das cuenta del cambio hasta que te sientas un minuto y miras a tu alrededor. Aunque entre militares y gitanos, nosotros nos acercamos más a los segundos, poco a poco hemos ido pasando a ser un poco más responsables, organizados y ordenados. Siento que cada vez somos más una comunidad, más cercanos y unidos.
Tenía miedo de llegar a Tenerife, ya nos habían advertido que durante el meridiano del viaje tendríamos un bajón, pero también parece que hemos aprendido a dosificar nuestro ánimo y el temido bajón no ha llegado. Esta isla se ha ido volando. Suena el timple de Benito Cabrera y veo a mi grupo recogiendo ya sus mochilas, barriendo salas, en la guagua rumbo al Armas, en el Armas…. Hacemos tantas cosas durante el día que aunque quieras quedarte un ratito más al caer la noche con tus compañeros y conocerlos un poco más, el sueño puede contigo. Llegas a esa gran sala y mirar con deseo una esterilla entre cuarenta y cinco, un pequeño espacio que compone esa burbuja que te gustaría agrandar, pero que prefieres presionar y comprimir para seguir con ellos, con esos otros ruteros que viajaban en busca de un cambio.
Puede que cuando vuelva a mi tierra palmera tras el viaje y cuente que dormí en una habitación con otros cuarenta y cuatro, que compartía ducha, plato, cuchara, vaso, que lavaba ropa a mano, ropa que muchas veces no era mía, quizás nadie entienda mi sonrisa en la cara, pero el roce hace el cariño y ya son muchos días juntos. No voy a pensar en la vuelta, sino en el presente. Ahora nos toca el Hierro. Ansiosa por descubrir lo que nos espera en esa isla verde. Buena compañía, buena música. Como dice mi madre, si piensas que lo pasaras bien, es imposible pasarlo mal.
A mitad de camino
