«Hola» de calor en la Nivaria* (Tenerife)

* Nivaria era el nombre con el que denominaban a Tenerife los romanos, en alusión a la nieve que cubría la cima del Teide.
Nunca defrauda. Ya desde su avistamiento temprano en altamar, el Teide nos anticipa ese hormigueo in crescendo que devenirá plenitud una vez tierra adentro. La tertulia previa sobre literatura de viajes en la cubierta del ARMAS, gradúa un poco más nuestras lentes de viajeros textuales.
Tras esta profecía autocumplida, se hallan algunos sumilleres del espíritu rutero que nos brindan la experiencia de sus caldos vitales a lo largo de nuestra estancia en la Isla. Tegueste, “la Villa entre viñedos”, se convierte en nuestro mejor anfitrión. Aquí, conseguimos taimar la calima, atemperar esa ola de calor ocre con nuestra estela azul y la frescura de sus habitantes.
Con compañeros de viaje ocasionales como el escritor Ángel Vallecillo, Nayra Monzón de la Fundación Yakaar, el alpinista Diego Amador, o los músicos Benito Cabrera y Tomás Fariña, vamos saboreando el beneficio de la duda, el retrogusto del instinto, y su maridaje con variedades añejas como la voluntad, la razón, la constancia, la solidaridad o la humildad, en una hibridación continua que no se olvida de sus raíces.
En este histórico cruce de caminos con ecos romeros, empezamos los días desbrozando senderos y limpiando los arcenes de cabo a “rabo de gato”[1].

Durante algún instante, y tras reconfortantes chapuzones, nos convertimos en cariñosos crápulas crepusculares en torno al Faro de un Bajamar en plenas fiestas.
Dos queridos tocayos sibaritas de la geografía canaria, Tino Naranjo y Tino Criado, nos descubren algunos de los secretos del Parque Rural de Anaga, procurando cobijarnos bajo el frescor de la laurisilva.
Por último, partimos sigilosamente hacia El Hierro al filo de la amanecida, para despistar las altas temperaturas que se empeñan en perseguirnos. Pero lejos de darles la espalda, las saludamos cara a cara –¡hola, ola!- y aprendemos a convivir con ellas, agradecidos por su ayuda al secarnos la colada y por mantener constante el rubor emocionado en nuestras mejillas.

[1]
La popularmente conocida como Rabo de Gato (Pennisetum setaceum) es una especie de planta invasora que causa estragos en los ecosistemas insulares, desplazando la vegetación autóctona y comportando considerables gastos anuales a los cabildos, para su control y erradicación.

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