De nuevo es la luna la que nos espera al despertar. Son las 04:45, legañas, ojos achicados, movimientos autómatas pero rápidos nos sacan del saco, enrollan nuestra esterilla y en un parpadear la mayoría continuamos el sueño en la guagua rumbo a Los Cristianos. El Armas no pierde ritmo, nos aleja del imponente Teide. Mirándolo, sentimos que somos insignificantes pero al ojear a nuestro alrededor vemos más caras como las nuestras, apoyadas en la barandilla, ligeramente boquiabiertas, sonriendo, la sensación de unidad provoca que nos sintamos fuertes y gritos de alegría despiden Tenerife.
Desayunamos vorazmente en alta mar y, con el estómago lleno, surge ante nosotros la Gomera. Pequeña tentación, caramelo que aun no está a nuestro alcance pues no es nuestro destino, con la palabra volveremos en la mente navegamos imantados hacia el puerto de La Estaca, en la capital de El Hierro, Valverde.
Negro, rojo, cinabrio, cono gigante que se hunde en el mar, masas de lava de mil formas, a simple vista no se ve una playa, ni un bosque, sólo un pequeño puerto entre volcanes.
El Hierro.
La guagua asciende, cantamos y olvidamos el sofocante calor. Vamos introduciéndonos en la isla, el paisaje es muy distinto a todos los vistos: bosques mixtos de sabinas y pinos se mezclan con manchas de malpaíses y campos de cereal. Llegamos al municipio de El Pinar, y de un colegio infantil hacemos nuestro nuevo hogar. Rápidamente decidimos que hay tiempo para un baño, necesitamos quitar la pesadez del viaje de nuestro cuerpo, La Restinga nos purifica.
Estamos listos. Reponemos fuerzas, descansamos. ¡Hastamañana El Hierro!
Como imanes
