Haría una vez… palmeras, niños, fuegos

Amanecemos en Haría al amparo de sus muros blancos y del majestuoso palmeral que antaño sirvió para contar cada uno de los neonatos del municipio. Así hasta llegar al millar. Tras los pertinentes ejercicios de brindis corporal al alba, nos desplazamos al colegio de Arrieta para contagiarnos de la vitalidad y mirada límpida de los chinijos[1] de entre 3 y 12 años. Con ellos y sus monitoras compartimos juegos cooperativos, corros, risas y cantos de esos que nunca pasan de moda.
Todavía con el buen sabor de boca, nos desplazamos a la misma playa de Arrieta para ensalitrarnos con un merecido margullo colectivo. Allí, los ruteros más osados se zambullen desde lo alto del puente, tratando vanamente de competir en cabriolas y tirabuzones con los adolescentes locales, mucho más bregados ellos en estas artes vertiginosas.
En la sobremesa nos acompaña la periodista de viajes Laura Medina, que nos desgrana alguna de sus claves literarias y últimos proyectos profesionales en la creación de rutas temáticas ligadas a la filosofía “Slow Tourism”, que apuesta por paladear los lugares con visitas sin prisas y con cadencia humana.
Nos adelantamos al crepúsculo para asistir al Parque Natural de Recreo Las Pardelas Park, donde Yurena y su padre Carlos nos reciben con la misma calidez del día, invitándonos a alimentar los diversos animales de su granja: cabras, conejos, gallinas, cochinos… Asistimos embelesados a un taller de gofio, a partir de una variedad local de millo no transgénico, procedente del vecino pueblo de Órzola. El remeneo constante del grano al fuego de aulagas lo convierte en sabrosas tafeñas[2], que después moleremos en una tahona o molino ancestral. Tradición milenaria y humilde ésta, que fue la base de la alimentación de muchos pueblos aborígenes y hoy ha quedado denostada por sucedáneos con más marketing y menos nutrientes.
Acabamos la velada con las manos hundidas en el barro del taller de alfarería, dejando volar nuestro duende con las formas más diversas. El crepitar del fuego, en torno al cual nos reunimos para cenar, nos va meciendo poco a poco, hasta convertirse en un instrumento y un danzante más, que culebrea al son de nuestro cancionero bajo la Vía Láctea.
La noción de telúrico adquiere otra dimensión en esta Isla.

[1] Niño, crío, en el habla lanzaroteña

[2] Voz local para referirse a las palomitas, también llamadas roscas en Gran Canaria y cotufas en Tenerife.

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