Ascuas

Hace unos años me prometí a mí mismo conservar la ilusión e imaginación de un niño pequeño. Creía entonces que estas dos cualidades eran el motor para materializar cualquier sueño o proyecto. Pero crecí, me hice mayor. Y como persona mayor me empecé a rodear de personas mayores.
Me traicioné. Poco a poco la chispa que me propuse mantener siempre viva y ardiente se fue apagando. Con todo ello, también desapareció de mi mente una idea en la que en algún instante hube creído fervientemente: la comunidad. En algún momento de mi vida pensé que todo grupo de personas conviviendo podría alcanzar mejores y más rápidos resultados trabajando de forma cooperativa. Es decir, siempre creí en el interés grupal por encima del individual y, de alguna forma, lo asocié a la clave del éxito. Pero todo eso desapareció de mis pensamientos… No quedó nada de eso. El escepticismo del mundo de los adultos me obligó a no creer en nada de lo que defendía.
En cualquier caso, toda esa ilusión e idealismo no se convirtió en ceniza fría, sino en ascuas aún calientes. En el fondo, no quería rendirme. Por eso, decidí embarcarme en el proyecto de Ruta Siete. Quería cerciorarme de que otra realidad era posible, que la comunidad puede y debe ser el mejor modo de trabajo para alcanzar méritos increíbles.
Después de tres semanas de viaje, aún no sé si el fénix resurgirá de sus cenizas y volveré a creer en el trabajo en equipo. En cualquier caso, de lo que sí puedo estar seguro es de que esas ascuas están más calientes que nunca.

Deja un comentario