Belleza

Para poder disfrutar de una forma más consciente la belleza de las cosas, se necesita una comprensión de las mismas.
En la Fundación César Manrique, pudimos sentir el amor que se puede llegar a tener por tu propia tierra, observar la inmensa belleza en los colores anaranjados, rojizos y negros del ecosistema conejero, y a partir de ahí, entender las gigantes ganas de luchar por preservar el entorno de la forma más sostenible posible, haciendo que todas las construcciones arquitectónicas estén en sintonía con el ambiente ecológico en el que están.
A partir de ese momento, nuestra mente se abrió y a través de nuestros ojos pudimos ver esta pequeña y preciosa isla de una forma muchísimo más bella, disfrutando con cada momento, persona, roca, arena, playa, volcán de una forma mucho más consciente.
Hacía tiempo que no nos parábamos a observar y disfrutar de la belleza interior de las personas. Esa tímida manifestación que debemos preocuparnos de rascar para disfrutar de su esencia. En determinados contextos y con determinadas personas es muy fácil (y reconfortante) abrirse y dejarse fluir. Sentimos que brota una confianza que une y nos hace sentir comprendidos, apoyados y reflexivos.
No es la cantidad de tiempo que empleas en conocer a alguien, es la calidad del tiempo empleado. Confiar para crecer y avanzar; por ese pilar deberíamos apostar como sociedad.
Lanzarote, terreno desconocido, terreno incomprendido, aparentemente, una isla sin más.
Poco a poco historia, luz, color. Poco a poco, comprensión, una forma de vivir, de sentir, de amar uno a su tierra.
Descubrimos la belleza de su gente, de su rutina, de sus paisajes escondidos. Paisajes que despiertan sensaciones, colores, olores. Así vemos Lanzarote, así queda en nuestras memorias.
 

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