Carlos Hernández «Yo no sobrevivo, yo vivo»

Preguntarle a Carlos Hernández acerca de quién es supone enfrentarse a una sucesión de respuestas inciertas. Su profesión no es suficiente para definir su ocupación y explicarle solamente a través de sus pasiones implicaría dejar mucho sin contar. Apasionado del aprendizaje en general, tanto en sus ponencias como en charlas improvisadas transmite más que conocimiento académico: habla de experiencias de vida. Este profesor de universidad combina la docencia con su trabajo liderando la empresa Dosabrazos, cuya misión se entrevé ya al hablar con Carlos; lograr el desarrollo personal y trabajar para ser cada día mejor.
Quizás lo que más mella hace en quien habla con él sea comprender la importancia capital que le ha otorgado a la muerte de su hermano. Ese duelo que ha sufrido ha empapado su esencia de una gana contagiosa de recordarles a los demás que hay que vivir. Aunque mire la vida con gafas de modestia, Hernández no puede dejar de transmitir la valentía de quien se ha reconstruido tras el huracán.
Arriesgándose a no satisfacer a quien le escucha con una visión poco romántica, confiesa que lo primero que piensa al levantarse es “qué sueño, qué pereza”, y que acto seguido pone en marcha el piloto automático que le permite organizar el día. Ese pequeño detalle le humaniza más (si cabe), y es que ayuda a comprender que todos tenemos unos instintos compartidos, seamos quienes seamos. Si pudiese dejar algo de todo lo que hace serían sus ataduras laborales. Como todos, Carlos mantiene actividades económicas que le gustaría cambiar por pasiones, especialmente por la escritura, que le reconforta hasta el punto de ser ya autor de dos libros -Optimismo para torpes y Un intruso en la familia-. “Me encanta escribir, aunque no siempre encuentre el lugar o el momento” a lo que el autor añade que hay que tener en cuenta la dificultad que supone abrirse paso en ese gran mundo, haciendo especial énfasis en lo difícil que es despegar y hacerse un nombre.
Carlos mira el mundo destacando constantemente la importancia de ayudarnos para crecer, por lo que no es de extrañar que una de las actividades en las que comenta que le gustaría sumergirse sea el voluntariado. Persona tranquila, que prefiere plantearse ilusiones a desafíos, aspira a, en definitiva, soltar algunos lastres a favor de cumplir algunos sueños, como cruzar Argentina de norte a sur o ver el Everest.
Quizás podría tildarse de tópico el preguntar a un optimista de profesión acerca de la felicidad, pero a través de su respuesta uno aprende a desgranar un poco mejor esa emoción tan anhelada. “Yo no sobrevivo, yo vivo. Creo que soy el tio más feliz del mundo”. Explica con una mirada franca que él entiende la felicidad como un estado de paz con uno y con el entorno, independientemente de las adversidades. En sus días grises, Carlos sigue comprendiéndose como un ser humano en desarrollo, por lo que acentúa la importancia de tolerar la frustración “la felicidad no está en lo que tenemos sino en la capacidad para gozar de ello”.
Hablar en prospectiva con él es complicado ya que asume el momento en el que vive como herramienta principal de trabajo, pero sí confiesa navegar un poco en el pasado, pero no lo suficiente como para volver a él. Cree que volver atrás con lo que ahora sabe sería una pérdida del aprendizaje que supone caminar por los pasajes de la vida. No obstante, recomienda al Carlos de antes que se prepare y que ame con locura. Sonríe al definir su apego a los recuerdos diciendo que “Hay una canción de Sabina que dice que nunca has debido volver a donde fuiste feliz”. Cargando con su bagaje de emociones se considera “habitante del mundo”, no adscribiéndose así a ningún paraje. Aunque sí reconoce la existencia de lugares donde está más concentrado, y a los que recurre por tanto en función del momento, comenta que dejar hogares y cerrar puertas no le asusta demasiado. En este caminar Carlos enseña la magia de estar solo sin sentirse en soledad. Pedir ayuda es la clave para dejar sentimientos de este tipo atrás, es necesario como humanidad y recomienda a los más jóvenes que además debemos ser agradecidos: “Hay que dar sin esperar nada a cambio, y va a volver, va a volver casi siempre”.
Esta valentía al caminar por el mundo se ve un poco ensombrecida cuando Carlos habla de la vejez. La pérdida de autonomía, de dignidad o de memoria asociada a este periodo le asustan al pensar en aquellos que le rodearán. Su manera de valorar a su familia queda patente cuando menciona que su pareja y sus seres queridos son y han sido un apoyo esencial. A pesar de esto, él confiesa ser su propio motor y esto lo demuestra al hablar de su presencia en Ru7a. En un pequeño acto de egoísmo, explica que viene a Ru7a a sentirse querido: “Yo vengo a estar rodeado de gente que me cuida, que me trata bien, que me sonríe todas las mañanas. ¿En qué lugar puedes encontrar todas las mañanas 50 sonrisas y 20 buenos días? En ninguno”.
Si pudiese vaticinar como sería su último día en el mundo, simplemente querría llamar a aquellos que ama. No haría nada excepcional porque ha aprendido a gestionar su “mochila de vida” y a tenerla preparada. En este viaje nos recuerda la importancia de llevar siempre con nosotros autoestima, seguridad y valores.
Carlos es un estado de aprendizaje puro que se ha antepuesto a las adversidades que ha encontrado por el camino. Tener la oportunidad de conversar con personas como él que defienden tanto la filosofía de este viaje, es un regalo para el grupo.

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