La isla de El Hierro, ubicada al suroeste del archipiélago canario, fue nuestra última parada y posiblemente, para muchos, la más especial. Aún no habíamos llegado a divisar sus costas acantiladas y ya sentíamos el fuego de sus volcanes en nuestros corazones a modo de despedida.
Hemos pasado una inolvidable semana contagiándonos del amor que los habitantes de cada municipio sienten por todos y cada uno de los rincones de la isla. Hemos inundado nuestra mente con imágenes de la más amplia variedad de flora y fauna que podríamos llegar a imaginar en un espacio tan reducido.
Con un clima condicionado principalmente por el mar de nubes que la inunda, empezando por el concejal de deportes, que nos dio la bienvenida, y pasando por todos aquellos habitantes que hemos tenido la suerte de conocer, podemos decir que El Hierro nos ha acogido con la mejor de sus sonrisas, consiguiendo que nos sintiéramos como en nuestra propia casa.
El contacto con sus gentes comenzaba en El Pinar. Nos disponíamos a calentar para un nuevo sendero, cuando nos dimos cuenta de que la mitad de las personas que nos rodeaban se mostraban expectantes, preguntándonos por nuestra causa con la mirada y reflejando admiración al mismo tiempo. Lo mejor de todo es que se trataba de un sentimiento recíproco.
El de El Pinar fue uno de los pateos más especiales, ya que todos conectamos de una manera especial con ese paisaje que transmitía tanta energía. Pudimos hablar con las piedras y escuchar el viento mientras identificábamos nuestras emociones con el Mar de las Calmas que se apreciaba al mirar al horizonte. Una linea divisoria entre el viento y la tranquilidad de un mar de sentimientos que nos es muy difícil de dominar.
El segundo día podría definirse como un homenaje a la conciencia ecológica y la autosostenibilidad. Con la visita de la Responsable del área de Residuos del Cabildo de El Hierro, pudimos aprender como funcionaba el proyecto sobre gestión, residuos y reciclaje, mediante la selección en origen, para luego poner nuestro granito de arena como mejor sabemos: adecentando el jardín y las zonas externas de la residencia.
Continuando con una conciencia ecológica algo más despierta, tuvimos el placer de disfrutar a la mañana siguiente de la visita a la finca experimental ecológica del Cabido de El Hierro, en el municipio de Frontera. Una de sus encargadas, Mariela, consiguió transmitirnos su sensibilidad medioambiental hablándonos del cultivo ecológico de la piña, el plátano y la manga. Nosotros enseguida sentimos la necesidad de formar una pequeña parte de todo aquello que ella mencionaba con tanta ilusión y no dudamos en colaborar. Tras un rato de trabajo pudimos enbriagarnos con los «sabrosos» olores de las mangas que habíamos recogido y los llamativos colores de la vegetación que nos rodeaba, sintiendo la satisfacción del trabajo bien hecho movido por el entusiasmo que solo puede ser generado por un sentimiento mudo incapaz de pasar desapercibido.
El penúltimo día en el Centro de Intepretación del Julan, se desarrolló entre botes de pintura llenos de palabras perdidas que esperaban ser rescatadas para dar color a paredes personales que fuimos derribando durante el transcurso del viaje. Finalmente, pusimos el broche ecológico de la jornada disfrutando de una charla sobre el Plan de la Central Hidroeólica que se está construyendo en esta sorprendente isla.
Para nuestra sorpresa, hemos vuelto a comprobar que los lugares que menos tienen son los que más valoran todo aquello que en las sociedades más avanzadas acaba pasándose por alto, los que más sensibilizados están con su entorno.
La última noche materializamos un cielo de setimientos, emociones y «hasta prontos». Cada uno de nosotros tiene una luz propia que ha permitido hacer de este viaje una galaxia paralela a nuestra vida cotidiana, alimentada por todo ese brillo que cada uno traía en su mochila sin ser consciente de ello.
De lo que no cabe duda es de que aquí, en El Hierro, termina la primera edición. La que le dió forma por primera vez al proyecto.
Por paradojas de la vida en la misma isla que hace siglos se consideraba «el fin de la Tierra» y donde se hubicaba la referencia del meridiano cero. Esperando que pronto se vuelvan a cruzar, hoy nuestras vidas vuelven a tomar su camino.
