La Gomera, el final siempre es el principio de algo

¡Zarpamos! Este trayecto no es como los anteriores. Atrás vamos dejando una estela repleta de recuerdos y sentimientos. Con nuestras ganas e ilusión a lo largo de esta última etapa hemos ido pintando de colores todo a nuestro alrededor. El verde, el color de la esperanza, es el que mejor refleja el yo interior que hemos creado en La Gomera. El frondoso bosque de Laurisilva que nos acogió en El Cedro nos ha hecho sentir totalmente mágicos. Esa magia ha hecho que nuestros caminos se unieran aún más y que terminaramos de forjar esta increíble marea azul.
En el Alto del Garajonay, punto más alto de la isla, pudimos observar algunas de las islas que habíamos dejado atrás y la increíble silueta del gran volcán, el padre Teide. Esto nos hizo sentirnos pequeños ante la gran inmensidad del archipiélago.
Durante nuestra estancia en La Gomera nos hemos convertido en amigos del pasado ya que tenemos el silbo gomero en nuestros labios. Bajo nuestras huellas hemos sentido la arena negra de La playa de La Cueva y de La playa de Santiago, la cual acaricia el agua del atlántico en cada marea.
35 días de vivencias a nuestras espaldas finalizan, pero este viaje no ha sido más que el comienzo de algo muy grande. Nuestras almas están conectadas a un nivel muy alto. A todos nos invaden un sin fin de sentimientos encontrados. Sentimos mucha tristeza porque llega la hora de separarnos, pero al mismo tiempo sabemos que somos una gran familia y que nos tendremos los unos a los otros durante toda la vida, lo cual nos causa una gran alegría.
La isla de La Gomera es el colofón perfecto para nuestro viaje transformador, nos mimetizamos con ella y la sentimos realmente viva y llena de emoción. Ahora podemos decir que somos un único ser, nos hemos abierto en canal y nos conocemos de verdad. No sabemos a dónde vamos, pero tenemos claro un único objetivo, vamos a hacer lo esencial visible a los ojos. Hasta pronto La Gomera, Hasta siempre Ruta Siete.

Deja un comentario