La isla del viento

Fuerteventura nos recibió con sus aguas cristalinas y sus espectaculares playas, todos sentimos algo especial al llegar a la isla, ya que era la primera que conquistábamos como un equipo. Hicimos de un colegio el lugar donde descansar nuestras ilusiones y sueños. Amanecimos a lo largo de estos días con muchas ganas, sonrisas y música de violín. Los buenos días fueron intensos pero gracias a ello comenzábamos los días con energía.
Dejando atrás el proceso de adaptación que supuso Gran Canaria, en la isla del viento –Fuerteventura- tuvimos la oportunidad de conocer diversos colectivos. En la actividad de encuentro con FRATER compartimos un día con personas con diversidad funcional, de ellos aprendimos que las capacidades superan a las limitaciones y que debemos quejarnos menos valorando lo que tenemos. A todos nos llego al alma la cariñosa forma con la que nos acogieron y nos despidieron, sensaciones que aun con el paso de los días son difíciles de explicar.
A la mañana siguiente tuvimos la oportunidad de compartir nuestro tiempo dinamizando a niños, ellos nos enseñaron a valorar la sencillez de la vida y que la felicidad esta en las pequeñas cosas. En la granja de Pepe comimos y disfrutamos de la compañía de gente maravillosa mientras descubrimos la ganadería y el arte del queso majorero.
Fuerteventura hizo honor a su nombre y el viento fue una constante en sus senderos de paisajes áridos, que teníamos que atravesar, para llegar a arenales infinitos con aguas color turquesa, donde el Atlántico mostraba toda su fuerza. Mientras observamos la esencia de esos lugares reflexionamos sobre todo lo que estábamos viviendo.
Disfrutamos de unos instantes de libertad momentos antes de abandonar la isla. Nos despedimos de ella comenzando a ser compañeros de viaje, siendo conscientes del punto en el que estamos y de a dónde queremos llegar, porque hay un tiempo para dejar que sucedan las cosas y un tiempo para hacer que las cosas sucedan.

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