Hoy es el día de las últimas veces y siento mucha responsabilidad al escribir este post, ya que me gustaría transmitir fielmente lo que ha significado este viaje para nosotros y poner una buena guinda a este pastel que nos ha dejado las expectativas tan altas, es muy dificil. El mundo se merece que gritemos a los cuatro vientos cómo hemos redescubierto la vida, en todas sus posibles formas, cómo ésta nos ha recorrido por dentro como un manantial cristalino de agua fresca y nos ha despertado, cómo nos ha recordado que se puede existir de una forma más auténtica y cómo ha regado nuestra tierra fértil hasta hacer crecer nuestras flores.
Esta mañana en el Cedro, hacíamos nuestras maletas sabiendo que la próxima vez que la deshiciéramos estaríamos ya en nuestras casas, dispersas por distintas partes del mundo y los ojos en nuestras caras aparentemente serenas y calladas, delataban la nostalgia.
Es por esos sentimientos que sentía premonitoriamente, que pensaba que este día me lo pasaría entero llorando (a pesar de haber derramado bastantes lágrimas ayer). Sin embargo, no ha sido así. He sentido mucha tristeza, por separarme de estas personas que se han convertido en mi tribu y familia, pero sobre todo, siento un agradecimiento que me inunda el pecho y no puede hacer más que dibujarme una sonrisa tranquila en la cara. Ahora mismo, mi alma reposa jubilosa y satisfecha dentro de mí; «lo hemos hecho bien», me susurra calmada.
Mientras escribo esto, nos dirigimos hacia Gran Canaria; deshaciendo el trayecto que como niños expectantes y enérgicos recorrimos 35 días atrás para dar comienzo a esta aventura. Recuerdo ese día y me ocurre algo raro; tengo la sensación de que la experiencia se ha hecho muy corta -supongo que por las ansias de más- y a la misma vez, siento que llevo tres años fuera de casa, por todas las vivencias intensas que hemos tenido en tan poco tiempo y que nos han ensanchado el alma. La verdad, no cambiaría nada del viaje; así como ha transcurrido ha sido perfecto, porque ha sido auténtico y si le añadiésemos o restásemos un día, ya no sería él.
Esta vez nos reunimos de nuevo en Gran Canaria no para abrir, sino para cerrar un ciclo. Sin embargo, estoy segura de que Ruta Siete nunca acabará para nosotros; cada vez que posemos nuestra vista en un bosque hermoso, cada vez que cantemos a pleno pulmón en una playa, cada vez que ofrezcamos una mano inocente de ayuda, cada vez que conversemos con un desconocido, cada vez que nos reconozcamos en unos ojos ajenos, que nos emocionemos y se nos pongan los pelos de punta: ahí estará Ruta Siete.
Las últimas veces
