Sentirse manada

He encontrado la paz a las ocho de la mañana, tumbada en una playa a varios cientos de kilómetros de mi hogar. En Fuerteventura, una isla desconocida hasta ahora, acabo de descubrir el placer de estar sola sabiendo que no estoy sola. He entendido que si necesitas algo, tan solo hace falta alzar la mirada y encontrar a otra persona con tantos sueños e ilusiones como tú. Compañeros con tantas esperanzas en el futuro y con las mismas ganas de comerse el mundo y disfrutar de todos los sabores que la vida nos ofrece, ya sean dulces o amargos, pues todos ellos nos ayudan a aprender, a crecer, a mejorar.
Extrañamente, estoy empezando a sentir a estos locos y locas de azul como una familia, una gran familia. Nos siento como una manada de lobos que comparten todo lo que tienen, que pasan el tiempo juntos pero sabiendo que cuando lo necesiten pueden alejarse del resto para aullarle a la luna, estando solos pero sintiéndose acompañados.
El tiempo pasa y el viento acaricia mi cara, mece las briznas de hierba que aparecen entre la arena. Mientras, el sol se eleva cada vez más sobre la línea del horizonte. Yo, que hace un momento derramaba lágrimas de ilusión, sonrío. Sonrío sabiendo que la vida, al igual que mis compañeras y compañeros, me devolverá la sonrisa.

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