La distinción de Parque Rural, tomado en 1994, supuso el merecido reconocimiento a la simbiosis ancestral entre naturaleza y cultura que constituye Anaga.
Primer atisbo de tierra firme en emerger de las profundidades del océano hace 7 millones de años, sirvió de avanzadilla al nacimiento del resto de la Isla. El agua y el viento tallaron sus facciones hasta crear las condiciones necesarias para albergar en su seno el tesoro de la biodiversidad actual.
Desde la costa a la cumbre encontramos una sucesión de ecosistemas que va de las comunidades costeras con sed de maresía, al singular Monteverde, cómplice de los vientos Alisios en ordeñar el agua de otro mar; el de nubes.
En las zonas intermedias, bajo un cielo más despejado y cálido, cardones y tabaibas constituyen auténticas ‘cantimploras vegetales’, por la capacidad para acumular agua en su interior. No muy lejos de ellas, los reductos de bosque termófilo resisten como últimos testigos vivos de una población que antaño dominó las medianías y frenó la erosión hasta la llegada del ser humano.
En Anaga encuentran también cobijo especies animales tan singulares como las palomas de la laurisilva, algunas aves marinas como petreles y paiños o las tenaces anguilas que se adentran desde el mar remontando el cauce de los barrancos. Pero tendremos que agudizar la vista un poco más para captar la presencia abundante de los invertebrados. Auténticos protagonistas de esta exclusiva fauna, algunos únicamente habitan en este pequeño rincón del mundo y aún siguen descubriéndose nuevos especímenes.
Igualmente asombrosa es la historia de integración de la especie humana entre los recovecos de un paisaje tan sazonado por barrancos, crestas y laderas. Ya desde la época aborigen, los guanches supieron desarrollar un modo de vida que giraba en torno al ganado caprino, complementado con la pesca, la recolección de frutos y raíces silvestres, y una agricultura rudimentaria.
La llegada de los nuevos pobladores tras la conquista produjo un intenso aprovechamiento de los recursos forestales e introdujo la actividad agrícola, para la cual se realizaron espléndidas obras de ingeniería construyendo terrazas y huertas en cualquier rincón donde pudiera arrancarse un pequeño trozo de suelo a la ladera.
Una cartografía humana que nos habla de la creatividad agudizada, a lo largo de los siglos, por la necesidad. De ingenios azucareros para endulzar una vida dura, y de viñas y excelentes vinos para festejarla –aunque también hubo quien se fue buscando mejor fortuna-.
Anaga, donde durante siglos la ladera se hizo bancal y también escalera; del barro salieron ollas y de las ramas, herramientas. Del lino, telares; de los claros, veredas. Terreno abonado para la poesía, que nos invita a adentrarnos por sus sendas para comprobar, con nuestros propios sentidos, que hay esperanza todavía.
(Reflexión de 2006, revisitada en RU7A 2013, tras el pateo de Cruz del Carmen a Punta del Hidalgo por Chinamada, en compañía de los geógrafos Tino Naranjo y Tino Criado).
* Esta reflexión de Carlos Jiménez está extraída del cuadernillo Anaga, senderos de poesía. Parque Rural de Anaga. Ed. Cabildo Insular de Tenerife, Pp.4-5, donde se publicó originalmente en 2006, siendo su autor parte de Aeonium S.Coop: educación ambiental y promoción del patrimonio, empresa ejecutora del proyecto. Dicha iniciativa, parte de la propuesta del vecino de Las Carboneras D. Leandro Rojas, para instalar 17 paneles cerámicos en los barrancos de Anaga, con los poemas del poemario inédito El barco de madera enamorado, de Fernando Garciarramos, que fueron realizados en cerámica sobre madera por la ceramista Cristina Siverio.
