Partimos de la isla bonita hacia La Gomera, el último paso de nuestro viaje, pero sólo otro más de nuestra familia. Nos despedimos de las grandes pendientes, del infinito color verde, del agua que nos acompaña a cada paso y de su gente. Nos desplazamos hacia Santa Cruz de La Palma, donde algunos de nuestros compañeros nos descubrieron los rincones de la ciudad. Entre las calles empedradas y bailando como los enanos nos dirigimos hacia el puerto. Durante la espera disfrutamos de bailes y canciones improvisadas, que salen de nuestro interior, y lo compartimos con todos aquellos que se unían a la fiesta.
Una vez en el barco, nos reunimos para los talleres creativos para dar las últimas pinceladas de nuestros trabajos. Literatura, música, fotografía, vídeo y artes plásticas, cada grupo nos esforzamos y damos lo mejor de cada uno para poder representar y reflejar nuestros ideales, el significado de este viaje y nuestros sentimientos.
Ha sido un trayecto largo, pero que se nos ha hecho corto, ya que es una gran oportunidad de conocernos aún más, tener esas conversaciones que se han quedado pendientes o reflexionar. Llegamos a la isla del silbo, donde nos aguarda el bosque de El Cedro, un lugar mágico y especial. Lugar donde terminará nuestro viaje pero comenzará otro con otras cuarenta y cuatro personas de la mano.
Con cuarenta y cuatro personas de la mano
