Viajar nos enseña que hay más en la vida que levantarnos cada día a las siete, coger el tranvía para ir al trabajo, trabajar las nueve horas, volver a casa, cenar y ver la televisión. Viajar te rapta fuera de tu entorno, de tu vida cotidiana. La comodidad se va y la felicidad viene. Viajar es libertad. Lo único que llevas de tu pasado, es una mochila con lo esencial y a la familia y amigos en el corazón. El futuro está lejos y sin pasaje de vuelta. Viajando sin planes a donde el viento te lleve, disfrutando y viviendo el momento. Las cosas materiales pierden el valor y la felicidad viene de encuentros, atardeceres y sol. En el camino de tu viaje, te relacionas con personas diferentes, aquellas a las que nunca pensaste conocer o hablar en tu día a día, en tu casa, con tus amigos, en tu zona de confort. Al principio cuesta confiar en personas a las que no conoces, porque tienes que fiarte de tu instinto, sobrevivir, pero si empiezas, vas a hacer amistades en todo el mundo.
Vas a tener conversaciones que tendrán mucha influencia en tu vida, porque el viajar siempre determina el tiempo que dedicas a cada persona. Las conversaciones son profundas, ya se han roto las barreras, el miedo al rechazo se desvanece cuando no sabes dónde ni con quién estarás al día siguiente. Hay personas que aparecerán en muchos de tus cuentos. Abrazos y locuras inolvidables. Una vez empieces a viajar ya no hay vuelta atrás, caes en la adicción, el amor a la mochila. Siempre quieres ver qué hay detrás de la próxima colina. Una vez has vuelto, cada vez que ves un avión, un tren con destino desconocido, el nombre de una ciudad exótica, un barco zarpando del puerto, sientes una pena, el pesar del corazón viajero.
Viajar es descubrir que tu pequeño hogar puede encontrarse en la inmensidad del mundo. Crear uniones, vínculos, historias.
Para apreciar hay que conocer, para querer hay que descubrir, para valorar hay que comparar, para vivir, hay que viajar.
Corazón viajero
