Tierra de paz, de tranquilidad y de desconexión. De evadirse y de respirar. Tierra de sentir, de llorar, de crecer y también de reír a carcajadas. De conocer y de conectar más con los herreños, con los ruteros, con los miembros de la coordinación técnica y también, valga la redundancia, con nosotros mismos. El Hierro ha supuesto, sin duda, un punto de madurez en el viaje.
Visitamos una residencia de ancianos en la que compartimos vivencias con los mayores y nos dejamos llevar por esa mezcla agridulce que supone la etapa de la tercera edad. Compartimos palabras, miradas y como no podía ser de otro modo, cantamos polcas canarias y bailamos todos juntos. Nos emocionamos y jóvenes y mayores nos sentimos muy cerca. También conectamos con los habitantes de Valverde, municipio en el que nos alojamos y tuvimos que reflejar el alma del municipio a través de una fotografía.
Nunca olvidaremos la isla del Hierro. Tuvimos la suerte de estar alojados en una residencia de estudiantes en la que todos los ruteros nos sentíamos en un hotel de lujo, cuando la realidad es que no tenía más lujos de los que hasta hace un mes solíamos estar acostumbrados: habitaciones que hicimos nuestras, camas en las que dormir y gente con la que después de más de 20 días empezábamos a conectar, a mirar de otro modo.
Sin duda, en el Hierro estamos empezando a ver. A mirar más allá de la superficialidad de las personas, a ver el trasfondo, a conocer de verdad, a dar mucho, a recibir más. Y es por eso, que los ruteros decidimos hacer un micro abierto en el que aquellos que lo desearan pudieran compartir en cinco minutos alguna experiencia personal que les hubiera marcado en su vida: acoso escolar, enfermedades, problemas personales… y aunque fue duro en algunos momentos, lo cierto es que contarlo nos liberó. Nos hizo más libres tanto en el viaje como con nosotros mismos. Y auguro que no solo nos hizo más libres en Ruta sino también en nuestra vida después del viaje. Sin duda, merece la pena contar tu historia a personas especiales que sabes que al entregársela no harán más que acariciarla y amarla. Y, tu historia, que durante años fue ese punto débil que te hacia vulnerable se convierte al compartirlo en ese punto fuerte que decides querer de ti mismo. Te sientes libre, fiel a ti mismo y muy feliz.
En el Hierro sentimos. Empezamos a tocar con la punta de los dedos esa transformación de la que ruteros de ediciones anteriores hablan. La isla invita al descubrimiento, a enamorarte de la vida, del mar y de ti mismo. En las piscinas naturales de La Maceta conectamos con unas herreñas que no solo nos cuentan la gran felicidad que sienten por vivir en El Hierro sino que también nos regalan uvas que nos saben a cariño herreño. Y es en la misma playa donde sentimos que el tiempo se para al escuchar al cantautor Jesús Garriga. Acostumbrados al frenético ritmo de ruta él nos torna en calma. Nos paraliza, conmueve y hace que se nos acelere el corazón cuando canta y toca la guitarra y nosotros le escuchamos mientras tenemos el mar de trasfondo. Nos regala también canciones mientras miramos las estrellas tras haber disfrutado previamente de un dulce atardecer.
El Hierro significa fuerte y sin duda en esta isla estamos haciéndonos fuertes con nuestra propia esencia. Sin duda, todo acompaña a amar esta isla. Empieza a haber confianza, abrazos intensos, amistades que se empiezan a forjar. Muchas experiencias intensas en poco tiempo que están formando una versión mejorada de cada uno de los cuarenta y cinco ruteros.
El Hierro significa «fuerte»
