El Hierro, una isla de otro planeta

Todo ha sido diferente aquí. Llegamos con los últimos rayos de sol, cuando sólo se distinguía la silueta a lo lejos de una isla. Un lugar misterioso, escarpado y oscuro. Imaginando que volábamos sobre las olas en nuestra goleta, como piratas buscando esconder un tesoro. Pura alegría y energía, cantada a pleno pulmón. Subidos en la Global con las ilusiones al máximo. Comenzando otra nueva aventura.
Cansados de cuerpo, pero ilusionados de espíritu a nuestra nueva casa en el municipio de Valverde. Un recinto increíble, con un teatro, escenario que serviría para mostrar nuestros talentos, proyectos e ideas, ahí descubriríamos quienes somos y cómo empezar a cambiar el mundo
Ya se ha convertido en una sana costumbre, admirar la salida del sol, esta vez desde el agua. El frío despertó mente y células. En el fresco mar tuvimos miedo de no ver salir el sol, porque las olas dificultaban la vista y las nubes cobraron su parte en el cielo. Saltamos, chapoteamos riendo de alegría y dándonos abrazos. A veces se tiene que confiar en que las cosas van a salir, como confiamos, el sol salió detrás de las nubes.
Negro azabache, restos de otras épocas, mil tonos de gris transportándonos al nacimiento de un pequeño santuario en medio del océano. Laberintos de piedra, oscuros, construyendo formas e imágenes que inspiran figuras, el arte de la naturaleza.
Es la isla más joven de las Canarias. Cerca de La Restinga, un pueblo de pescadores donde pasamos una tarde,  profundo en el mar se está formando un nuevo volcán.  Tal vez esto da la isla una energía diferente.
La gente de El Hierro nos trató con el mismo cariño que nos tratan nuestros abuelos. Nos  dieron queques caseros y nos invitaron a un café en medio de la calle. Como todo que hacen los herreños, tranquila y amablemente. Son personas altruistas, parece que el pensamiento capitalista no ha llegado a infectar esta isla en el medio del Atlántico. Ellos confían en la gente. Nos enseñaron a confiar todavía más en nuestros compañeros y abrieron la ventana a nuevas y profundas conversaciones.
Caminando en el místico bosque de laurisilva olvidamos el tiempo. Al mínimo en este momento llegamos en la tranquilidad, entre árboles y plantas que sólo existen en esta isla, el sonido del bosque, los pasos de los ru7eros y las conversaciones sobre el mundo y la vida.
Las piscinas naturales en las calas de la costa invitan para dejar el estrés de la vida. Con el atardecer allí acabamos los días como lo empezamos con el sol. Mirando el horizonte en el fin de Europa, nos imaginamos a dónde van los barcos pasando tal vez a los Estados Unidos, Brasil o México.
El Hierro es una isla para pensar. Una isla que es un ejemplo de cómo nuestro mundo tendría que ser. Una isla que será en breve autosuficiente energéticamente hablando, que está mirando por su entorno y entiende cómo cuidar nuestra tierra. Una isla para la que no tenemos palabras. Se tiene que vivir la aventura, los paisajes, conocer a la gente y buscar los tesoros en los escondidos rincones de sus costas y acantilados.

Deja un comentario