Al acercarse el final del viaje, en tu mente vuelven a nadar los recuerdos; miles de anagramas te vuelven a la memoria para volver a dibujar una sonrisa en tu boca; y es justo en ese instante cuando entiendes que el viaje no está llegando a su puerto, es ahí cuando comprendes que lo que has sentido permanecerá contigo allá donde vayas; a veces estará despierto, y otras en cambio dormido, o quizás en un casi olvido, pero siempre estará presente para recordarte que aquel que podía reír y llorar de emoción fuiste tú, un rutero de aquella marea azul llamada Ruta Siete.
El viaje que nunca acaba
