Así era como iba, como uno más, Edu, el chofer, sentado entre nosotros anunciando su adiós por segunda vez, en la guagua directos a nuestro ansiado bautizo de surf y preparados para un vaivén de caderas a ritmo de zumba en la brava playa de El Socorro a tan solo las ocho de la mañana.
Extasiados por lo gratificante que había sido simplemente arrodillarnos en cada ola para muchos, nos encontramos con caritas expectantes en el pabellón siguiendo sin cesar cada pelota y recibiendo con risas cada indicación; y luego tras corretear durante unas horas endulzamos nuestras bocas con una variopinta macedonia colectiva, saboreando más bien la pérdida, lo efímero, la velocidad con la que Tenerife se estaba yendo.
Pero aún las horas restantes no iban a ser vanas, descubrimos un paisaje inexplicablemente único, quizás definido por su aroma a tierra, la constante humedad del ambiente, el mar de hojas que inundaban su suelo y recovecos ocultos en viejas cuevas de vidrio escondidas en la laurisilva, estábamos ahí, entre viñátigos, recorríamos el Sendero de los Guardianes Centenarios; quien a su fin nos llevaría a Bajamar a salar nuestros cuerpos bajo las estrellas y enorme luna acompañados de ruteros de otras ediciones.
Y es en la guagua donde reordeno todo, acompañada de un vals de acordes en completa sintonía, donde prefiero escribir para sentir que viviremos este día un poco más.
