Fuerteventura

Cuenta una leyenda majorera que cuarenta y cinco ru7eros se encontraban en un viaje transformador por todas las Islas Canarias, cuando de repente en un abrir y cerrar de ojos estaban ya en su primer trayecto en barco desde Gran Canaria a Fuerteventura.
La incertidumbre, de qué les esperaría en el nuevo destino, se veía reflejada en sus caras; nervios, emoción y muchas ganas de seguir aprendiendo de esa experiencia era lo que se palpaba.
Desembarcaron en el puerto y se dirigieron al que sería su próximo alojamiento. Al llegar allí, los rostros se les iluminaron. Parra Medina, se hallaba en medio de un paraíso natural, este lugar era especial, diferente, en medio de volcanes y con un  único sonido, el sonido del viento rozando las ramas de los árboles.
Cada minuto que estos ru7eros pasaban en Fuerteventura se convertía en un momento mágico. Fueron descubriendo lugares encantados que envolvían la isla. Se deleitaron con sus senderos, contemplando paisajes  áridos que se mezclaban con el azul del mar. Su viaje no se detenía, sin percatarse algo se les estaba filtrando por la piel. No paraban de comer queso, mezclarse con las cabras, disfrutar de las primeras noches a la luz de la luna, viendo las estrellas y sintiendo plenamente la magia que envolvía el lugar. Como grandes aventureros afrontaron la escasez de agua de la isla, fueron participes de largas caminatas en busca de este tesoro tan preciado, aprendieron como atraer el vuelo de la mariposa monarca.
Se rumorea por allí  que  además estos ru7erillos dieron un paso al frente, poco a poco fueron evolucionando intentando dejar el “yo” interior por pensar en un “nosotros” , cambiando así el sentimiento individual por el sentimiento colectivo. Actuaban en comunidad, se les veía siempre unidos, se desplazaban de lugar en “guagua”, entre idas y venidas, surgieron las primeras polcas majoreras improvisadas.  La música animaba sus cuerpos dando paso a los primeros bailes en medio del pasillo del bus mientras esperaban el momento de intercambiar, más y más, sus valores y conocimientos con la gente del lugar, llegando incluso a participar en las fiestas populares de Betancuria.
Por las venas de estos ruteros ya corría el espíritu majorero que les hacía sentirse ya parte de Fuerteventura, y a pesar de que ya no tenían ganas de abandonar este enigmático lugar su viaje les impulsaba a continuar.
De nuevo se encontraban juntos en un barco.

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