Todavía con la manos húmedas, sin saber si son lágrimas por decirle adiós a Fuerteventura o tal vez, la brisa húmeda del mar que aún queda entre los pliegues de nuestra piel. Invadimos tu tierra con nuestras camisetas azules, como si quisiéramos llevarte gotitas de agua, que tan apreciada es para tí y de esa forma embarrar tus caminos secos con nuestras ganas de conocerte.
Nos hablaron de libertad y felicidad una mañana, y aunque no todos teníamos la misma opinión, sí que coincidíamos en volar de alegría empujados por un viento que nunca pensamos que nos iba a gustar tanto. Un viento que enfadaba a la arena, que se llevaba nuestras voces y que recorría las montañas, redondeándolas aún más, alisándolas y dándoles una forma muy dulce.
Tu tierra sí que era libre, no había plantas que la amarraran con sus raíces, además muchas veces terminaste siendo arena blanca, como el pan rallado, en un mar transparente a veces calmado, otras furioso.
Nos diste sorpresas, ¿quién iba a imaginar un barranco bordeado por piedras de granito enormes y suaves?¿cómo es que, tú, tan horizontal,conseguiste parar las nubes en el Pico de La Zarza buscando el frescor de los alisios?
Nos llevamos tu arena, nos hicimos pequeños frente a la inmensidad de tus playas, y entonces algunos empezaron a correr para sentir cada grano de arena entre sus dedos, aunque nadie escuchara sus pasos, aunque las huellas de la arena desaparecieran en cuestión de segundos. La marea nos borraba, no porque no nos quisiera, sino porque quería que volviéramos siempre a visitarla.
