¿Lo ves? ¿Qué ves?
¡Es Gran Canaria!
Acostumbrándonos al despertar de un dormir cómplice, enlazándonos, todos respirando los aromas naturales del viajar, escuchando el cantar del cansancio, 45 mentes digiriendo todo lo convivido.
¡Buenos días chicos! Buenos días brisa del mar que escalas la montaña. Bostezos, estiramientos estrambóticos, sonrisas en un madrugar impactante, quizás sea la mirada de un peninsular no acostumbrado a este horizonte espumoso, nubes nacarinas que flotan a la altura de los ojos, caminan por las laderas y al final, un mar que espera mientras desayunamos…
¿Otro bizcocho?
No, gracias, mejor unos cuantos suspiros de Moya.
¿Lo ves? ¿Cómo no lo voy a ver?
¡Es Gran Canaria!
Ahora ya es la mirada del peninsular rodeado de canarios, sentimiento isleño, lava que es suelo, pared del hogar, volcán, montaña, canto del mar, fuego canarión que se nos muestra en Fontanales. La plaza de San Bartolomé nos transporta al pasado, manos callosas de trabajar la madera nos recuerdan la dureza de la vida en las islas hace décadas, cómo ciertos valores se han perdido, necesarios para sobrevivir en armonía, con tus vecinos, con la naturaleza que nos rodea…al fin y al cabo con las necesidades de convivencia de un pueblo, cierto es que algunos todavía perduran en nosotros y nos hacen sentirnos fuertes para recuperar los que han quedado olvidados.
¿Seguimos? ¡Claro! Todavía hay mucho tiempo.
Es sin duda la vista de un rutero, una vista que agranda los detalles, que se percata en la noche calina del manantial de emociones que van uniendo a todos y a todos con ellos mismos. Se da cuenta del clima delicioso que permite que se metamorfoseen los paisajes. ¡Qué variedad para ser una isla! Caminamos por pinares canarios, divisamos los montes del Gusano, del Veneno, el Montañón Negro, conocemos la riqueza de los Tilos de Moya, nos adentramos en el barranco de Azuaje, sin “enrriscarnos” nos abrimos paso a través de laderas abruptas y nos manchamos con pinceladas de la laurisilva canaria, bosque que intentamos repoblar en el barranco, viñátigos, follaos, bella de los riscos, rejalgaderas…
En el charco de San Lorenzo observamos la mar, pisamos sus playas, hacemos física su inmensidad al sumergirnos en ella. Nos concienciamos de la necesidad de dar ejemplo por lo que recogemos toda la basura que vemos con tal de enseñar, debemos concienciar.
¿Cambiamos de isla?
Nos hinchamos, crecemos y navegamos rumbo a nuestro siguiente destino. Con las sandalias en el camino, el recuerdo fresco de las estrellas fugaces del puro cielo canario y el dulce sabor del gofio, nos damos cuenta que realmente hemos despertado de un dormir sonriente para entrar en el verdadero sueño.
Gran Canaria
