Tres siglos han pasado desde que el gigante de piedra incandescente conocido como Timanfaya mostró su ira por última vez en Lanzarote. La isla de las montañas de fuego y de la tierra del basalto fue testigo de las intensas emociones que durante cinco días han fluido como coladas de lava por la superficie del hogar de los conejeros.
Sin embargo esta no es la historia ya escrita de este extraordinario suceso. Esta es la historia de una nueva erupción que ha tenido lugar en la isla de Lanzarote en un caluroso mes de agosto del año 2017. Es la historia de la explosión de todo aquello que 45 personas fueron cargando en su mochila a la largo de dos islas, algo que ha estado luchando por salir a la superficie y que ha sido al acercarse al ecuador de este viaje cuando por fin ha visto la luz del sol. Se trata de la historia del ahora y del mañana, así que, ávido lector, le ruego que me preste atención, se ponga cómodo en su asiento y disfrute del trayecto.
Todo comenzó cuando La Isla de Lobos y Fuerteventura ya se habían perdido en la distancia, engullidas por el abrazo de la calima y la bruma. Desde la cubierta de nuestro navío, el Armas, la isla de Lanzarote comenzaba a perfilarse en el horizonte, un peñasco imponente y amenazante en medio del océano Atlántico. Guiando el camino y como mascarón de proa contábamos con todas las expectativas de una nueva aventura por vivir. El viento, un polizón reticente a abandonarnos tras acompañarnos cinco días en Fuerteventura, agitaba la bandera de la unidad y la cooperación.
Esperando en tierra a la tripulación de ruteros se encontraba la guagua, su fiel corcel, preparado para emprender al galope el camino hacia el campamento base, el Terrero de Lucha Canaria de Tao en Teguise. La arena de este, empapada por el esfuerzo de orgullosos gladiadores, tenía una última batalla que acoger, una lucha contra dos enemigos feroces que bajo ningún concepto perdonarían un solo paso en falso: el cansancio y los errores del propio ser humano. Sin embargo nuestros 45 guerreros también encontraron gente dispuesta a darlo todo a cambio de nada, gente con la que enfrentarse a cada desafío que se les pusiera por delante.
El escenario de nuestra historia, Lanzarote, se mostró como una isla con dos caras muy diferentes. Por un lado cuenta con una fuerte representación de todo lo malo que la mano del ser humano puede hacer cuando se lo propone. El ataque de los dragones de plástico nacidos de las miles de bolsas de basura arrojadas por el ser humano fue el claro ejemplo de cómo un asentamiento arqueológico se ha convertido en un vertedero. El mismo plástico que cada día se emplea en una actividad tan rutinaria como ir a la compra o en las colillas arrojadas a las calles que han acabado por convertir la ciudad de Arrecife en un vulgar cenicero que nutre de basura a nuestros océanos. Pero por otro lado son todas estas adversidades las que conciencian a un sector de la sociedad de la necesidad de actuar, y es en este momento cuando surgen héroes que no luchan con espadas sino con trabajo y perseverancia como Lanzarote Reserva de la Biosfera.
Esta es la razón de que en esta historia no se hable de épicos encuentros de dos ejércitos o de heroicos guerreros, sino de pequeñas batallas personales que en esta isla se han vivido en el interior de cada uno de los 45 ruteros protagonistas. Es difícil darse cuenta de que el cambio para conseguir un mundo respetuoso con el medio ambiente sí depende de uno mismo. O de que el viaje transformador emprendido por seres individuales avanza gracias al esfuerzo de estos por constituir un grupo. Y por eso mi historia termina con 45 corazones latiendo por fin al unísono, tras 14 días de viaje que parecen 14 semanas en lo alto del risco de Famara, observando un atardecer y despidiéndose de un viejo compañero de viaje llamado sol.
La erupción
