Una vez más, pusimos rumbo hacia un nuevo destino con mucha ilusión: La Gomera, pero este trayecto nos dejó con un sabor agridulce, pues sabíamos que era nuestra última parada. Allí nos esperaba Paco con los brazos abiertos y al ritmo de “Camarero! Qué?”, serenatas y canciones que ya forman parte de nuestra banda sonora, llegamos a nuestro nuevo hogar, lleno de magia y rodeado de la naturaleza característica del Cedro.
Si hay algo de lo que pudimos disfrutar de esta isla es de sus paisajes. Nos enamoramos del verdor del Parque Nacional de Garajonay y contribuimos en la repoblación y limpieza en la zona de los Noruegos con el objetivo de algún día recuperar esa flora que se perdió en el pasado incendio del 2012.
En el sendero hasta las Hayas aprendimos a distinguir el laurel y el aceviño gracias a Paco, y en el sendero de la Fortaleza de Chipude superamos nuestros límites.
También pudimos disfrutar de su costa y piscinas naturales, como la de Santa Catalina, en las que disfrutamos y nos embadurnarnos de arena unos a otros, de partidos de vóley y revolcones en ese bravo mar.
Pero si hay algo que nos llevamos de este lugar, es que aquí conseguimos nuestra meta: formar una comunidad. Ya dejamos de pensar en nosotros como individuos y pensamos en un nosotros a nivel grupal. Los vínculos cada vez son más fuertes, y eso se demostró el último día, entre el momento de mis sesenta palabras y el talent show/ buzón. Muchos todavía no somos conscientes de que ya hayan pasado los treinta y cinco días. Muchos tememos ese momento de llegar a casa, irte a dormir y no tener a esas cuarenta y cinco personas cerca. Pero también creemos que esto no es el final, sino el principio de algo grande. Grande como las personas que hemos tenido el placer de compartir esta experiencia.
Ponemos un punto y seguido, pues cuando menos lo esperemos, la comunidad seguirá creciendo con Ru7a 2015. ¡Hasta pronto!
La Gomera: entre cedros y despedidas
