En La Gomera nos asalta la visión de una isla que no está pasando por sus mejores momentos, y nos recibe con un paisaje de cenizas y troncos quemados. Pero en mitad de tan triste y desolador paraje aún se puede ver la poderosa luz de la esperanza, ya sea con la forma de un verde brote en mitad de un terreno quemado en Valle Gran Rey o durante una colaboración con los afectados por los incendios en donde por azar descubrimos a una entrañable pareja de vecinos que brillaban con luz propia, con tal fuerza y energía que ni el desafortunado incendio de su casa puede quitarles la sonrisa de sus caras ni sus ansias por vivir.
Y llegados al final de Ru7a tenemos la suerte de percatarnos que esa fuerza y energía contagiosa también reside dentro de nosotros, y sin habernos dado cuenta la hemos ido cultivando durante estos 35 días en lo más profundo de nuestro ser a base de afecto, comprensión, tolerancia, compañerismo y colaboraciones.Terminando con la certeza de que no es el final del viaje, sino al contrario esto ha sido el primer escalón para alcanzar nuestros sueños.
