Eran las dos de la noche y llegamos a La Palma, ya desde el barco se veía que era una isla grandiosa y que escondía lugares y personas por descubrir. Las curvas que nos llevaban hasta Garafía escondían un color especial que aún no se apreciaba, un manto verde que la vestía. Sentíamos que estábamos en el cielo, con solo estirar el brazo parecía que tocáramos las estrellas, aún más cerca estuvimos cuando cada una de las estrellas recibía nombre de la voz de Toño.
Majestuoidad, limpieza, libertad es lo que el sendero hacia la playa de El Callejoncillo me hizo sentir. Playa apenas visitada, playa virgen, playa donde pudimos sumergirnos en el agua azul y retroceder a nuestra niñez mientras las olas acariciaban la orilla. Un gran espectáculo nos esperaba, donde el protagonista era el sol, el cual nos saludaba con un adios para dar paso a la noche.
Garafía, pueblo pequeñito, desbordante de buenos corazones, personas que nos transmitieron sus conocimientos, abriéndonos sus acogedoras casas como una brisa fresca que nos daba los buenos días. Los días venían acompañados de tardes llenas de emociones, volviendo a ser niños jugando, cantando junto a los más pequeños del pueblo; grabada en mi mente quedaron cada una de sus sonrisas, su disfrute.
Su brisa, la gente del pueblo, el azul del cielo y el silencio de sus pinares han sido el refuerzo que necesitábamos para seguir con el viaje, dejando atrás aquellos pequeños vaivenes en nuestro camino. Personalmente creo que nos ha ayudado a escuchar nuestra voz desde el interior de nuestro cuerpo.
La Palma: cercania con el cielo
