Sé que estoy inmerso en una gigante y erosiva rutina a lo largo del año, pero no había sido consciente hasta ahora de cómo de encadenado estoy a ella. Pensaba que por el simple hecho de darme un respiro de dos meses en verano ya era libre. Cómo me equivocaba…
Resulta paradójico, pero fue gracias a una de esas bocanadas de libertad cuando me di cuenta de que en realidad no era libre. Alguna vez oí que el tiempo no es solo oro, sino también vida. Yo, dedicaba más tiempo a esperar que a vivir.
Pero esto no es suficiente, al troglodita del Mito de la Caverna no sólo le vale con saber que está encerrado, tiene que idear la forma de escapar. Personalmente, he de reconocer que aún no he descubierto la fórmula infalible de la libertad.
En cualquier caso, ya he decidido que lo primero que haré al llegar a casa será sentarme frente a una hoja en blanco. Descansaré, buscaré un instante de soledad, cerraré los ojos, pensaré y, finalmente, escribiré. Pasaré a palabras lo que me apetece hacer, todo aquello que siempre me ha llamado la atención pero nunca me atreví a explorar. Cuando acabe, encenderé mi ordenador, buscaré mi horario y meteré todo aquello que quiero hacer en mi nueva rutina. Si tengo que hacer algún sacrificio, lo haré; si tengo que replantearme mi orden de prioridades, lo haré; si tengo que ser valiente y dar un paso adelante para empezar mi nueva vida, por supuesto lo haré.
Divagar y perderse entre tus propios pensamientos está muy bien, pero sé que sigo aferrado a mi rutina. Ahora, al menos, lo he descubierto. Ya solo queda que la creatividad y voluntad vayan abriendo camino.
La receta de la libertad
