Juntos y abrazados en la popa del Armas dejamos atrás las sinuosas carreteras herreñas y la hospitalidad de su gente. Tigaday nos ha visto crecer, nos ha visto tranformarnos en tan sólo cinco días. Nos vamos con una sensación agridulce, queremos seguir nuestro camino pero sentimos que el Hierro nos ha atrapado entre sus interminables paredes y no queremos soltarnos.
Tan similar a las anteriores y tan distinta a la vez, El Hierro nos ha enamorado. Durante estos cinco días hemos comenzado a conectar de manera distinta, a pensar en el todos en lugar de en el yo. Miradas de complicidad, abrazos que duran minutos, sonrisas de ternura. Comienzan a forjarse las primeras raíces de esas amistades que esperamos que se conviertan en un robusto y frondoso bosque en un futuro cercano. Porque sí, la pequeña isla herreña ha sido, sin duda, el verdadero punto de inflexión y madurez en el viaje.
Desconectamos y nos sentimos reflejados en el Mar de Las Calmas, viviendo una vida paralela, dejando de lado todos los problemas y vaivenes de la vida cotidiana. Sólo queremos disfrutar, dejarnos llevar. Nos abrimos y nos dejamos conocer al mismo tiempo que queremos absorber hasta el más mínimo rayo de luz que proyecta cada una de las personas que forman parte de esta experiencia. No queda nada y queda tanto a la vez.
Empezamos ya a otear esa transformación de la que tanto nos han hablado y las piscinas naturales de La Maceta han sido nuestro mejor testigo. Somos conscientes de que aún nos queda recorrido, pero lo ya vivido nos define y nos muestra un horizonte al que llegar. Así nos lo transmiten la calma de Guille y la valentía de Cris y Paco, compañeros de memorias de los que no hemos dejado de aprender ni un instante.
El Hierro invita a fusionarte con la naturaleza, a caminar sobre las nubes en la cima del Camino de Jinama, a pasear sobre el precioso paisaje de La Restinga o a tumbarte sobre la arena sin tener más preocupaciones que la de contar cuántas estrellas iluminan el cielo.
Desde los más pequeños del lugar hasta los más mayores, pasando por los jóvenes adolescentes, sentimos que toda la isla es una gran familia y así nos los transmiten vayamos al lugar que vayamos. Nos muestran cómo era la isla hace unos años, nos enseñan sus bailes típicos e incluso nos abren las puertas de su casa. Toda muestra de gratitud es poca.
Poco a poco nos invade un sentimiento de nostalgia y miedo, pero eso nos ayuda a avanzar y crecer como personas. Reflexionamos sobre lo ya vivido y recorrido en el Mirador de las Playas, a 1.500 metros sobre el suelo. En silencio, intentando encontrar nuestra paz interior. Tratamos de reordenar nuestros sentimientos, de recopilar todos y cada uno de aquellos momentos mágicos que hemos vivido.
En el Hierro hemos empezado a sentir de otra forma, a sentir mucho más profundo e intenso. A compartir un simple plato de pasta, un bocadillo, vivencias o momentos. No dejamos de sentirnos azules mientras el mar acaricia nuestros pies al mismo tiempo que el sol se esconde en el horizonte en la Playa de El Tacorón. Y poco a poco el tiempo se acaba, dejándonos con ganas de más, con la sensanción de que no ha sido suficiente. El Hierro se ha llevado un pedazo de nuestro corazón.
No sabemos lo que nos deparará la vida ni hacia dónde nos llevará el viento, pero hay algo que todos tenemos claro: volveremos. Hasta pronto El Hierro.
Lo que El Hierro se llevó
