Lanzarote está en blanco y negro. Sus hogares de color crudo florecen entre la lava. Quizás también dentro de nosotros algo nuevo esté creciendo. Puede notarse en el brillo de cada mirada y por mucho que me esfuerce soy incapaz de explicarlo.
Lanzarote sabe a piel ensalitrada, al dulce de las tabaibas, al cous-cous de las cenas. Somos catadores en un restaurante distinto, rodeado de agua por todas sus partes, lleno de platos rebosantes y sabrosos.
En Lanzarote se palpa arena fina en cada playa, roca volcánica de Timanfaya. Al cerrar los ojos se nota el Sol en los hombros y el Atlántico helado bajo los pies. Gotas de pintura discurren por nuestros dedos y desembocan en la pared, dando vida al aclamado César Manrique. Nuestras huellas se impregnan del contacto con nuestros mayores, los más sabios de la isla oriental.
Lanzarote huele a cariño, a ganas de no acabar, a pella de gofio. Aquí nada importa pero todo es importante. La prisa, la risa, la camisa, fieles a nosotros se nos pegan hasta los huesos.
En Lanzarote se oyen carcajadas. La Graciosa revoltosa hace de las suyas y mientras tanto, fluimos sin flotador en la corriente chinija. En mis compañeros existe el salvavidas que me falta.
Lanzarote se siente «azul, como el mar azul, como el río, el cielo». Y lo cantamos, lo gritamos, nos abrazamos y saltamos en medio de un mar de nubes, con Famara a nuestros pies y un futuro incierto por delante. Lanzarote te atrapa y no te suelta.
