Sesenta veces gracias

Hemos zarpado. El puerto de San Sebastián de La Gomera ya queda a nuestras espaldas. En medio del océano y rumbo a Gran Canaria muchos de nosotros nos preguntámos, “¿es este el fin?”.
La Gomera ha sido la última parada en este viaje. Llegamos con la perspectiva de quien sabe que el viaje se acababa, pero con la inocencia de quien no quiere pensar en ello. Queríamos que el tiempo se ralentizara. Exprimir cada instante y cada conversación como si fueran infinitas. Pero lo que no sabíamos es que incluso íbamos a viajar al pasado.
Viajamos millones de años atrás cuando nos adentramos en el corazón del Garajonay, el bosque de laurisilva más extenso del planeta. El pulmón de toda una isla, donde las nubes corren como cascadas por los riscos y acarician a la vegetación nutriéndola con su humedad. Un bosque que da cobijo a miles de especies y que por cinco días también acogió a más de cuarenta y cinco ruteros. El Cedro, en el municipio de Hermigua, fue nuestra última casa. Un alojamiento único, envuelto en una neblina fresca dónde respiramos la pureza de la vida en un entorno tan natural.
Viajamos cientos de años atrás y aprendimos un lenguaje único de esta isla, el silbo gomero. Un recurso de los antepasados de la isla que hoy es todo un arte,  patrimonio inmaterial de la humanidad. Pero también pisamos con decisión el terreno para agarrarnos al presente, y conocer así más sobre La Gomera y sobre su gente. Paco, técnico de Medio Ambiente del Cabildo de La Gomera, nos guió durante estos cinco días y fue un anfitrión al que siempre estaremos agradecidos por transmitirnos sus conocimientos sobre la isla por la que se desvive. Su alma, al igual que la del bosque de laurisilva, continúa herida desde que en 2012 un incendio devastara una parte importante del Parque Nacional de Garajonay. Experimentamos sensaciones encontradas al ver árboles calcinados, pero que aún se aferran a la vida y cinco años después vuelven poco a poco a rebrotar. Ruta Siete volverá con la esperanza de volver a ver el Garajonay como algún día fue.
En esta isla no ha existido distinción entre ruteros y coordinación. Hemos estado reunidos en torno a una mesa compartiendo cenas comunitarias. Hemos compartido conversaciones y experiencias personales, charlando sobre el futuro más allá del viaje. Juan Serantes, uno de los padres del proyecto de Ruta Siete, nos ha acompañado en esta isla. Y ha sido fuente de inspiración mostrando sus virtudes para fomentar el emprendimiento social.
Hoy nos sentimos preparados para un mañana que afrontamos con ambición y sintiéndonos más preparados que hace cinco semanas. Y hemos cerrado el viaje abriéndonos a todo el grupo recitando sesenta palabras. Sesenta palabras llenas de sinceridad, emoción, amor y sobre todo de agradecimiento. Sesenta palabras efímeras que serán eternas en nuestro recuerdo cuando nos remontemos a aquel agosto de 2017.
Ya estamos llegando a puerto. Las emociones están a flor de piel, pero no sentimos que esté acabando nada. Este ha sido el fin de un viaje de 35 días, pero es el principio de otra etapa en la que nos llevamos una maleta cargada de aprendizajes, recuerdos y compañeros de viaje que se mueven al ritmo de un corazón teñido de azul. Nuestras mejores crónicas están aún por escribir.

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