Como si de una migración se tratara, hace ya 20 días emprendimos una gran misión. Cogimos las riendas y, del tirón, las orientamos sin saber muy bien dónde. Un ave nunca puede saber cómo estará el lugar al llegar, ni siquiera habiendo repetido la migración varias veces, pero siempre se atreve a alzar el vuelo de nuevo.
Como ruteros, la inquietud de no hallar “aquello” donde siempre hemos estado nos hizo decidir dar el paso y alzar el vuelo, pero desde entonces hemos hecho mucho más que simplemente volar: en sólo las tres primeras islas (Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote) hemos sido cachorros con deseos de correr, hemos sido grandes árboles frente a fuertes vientos, hemos sido algas desligadas de su fondo marino, hemos sido camaleones blancos, hemos sido flores transparentes… hemos ido tanteando el terreno, adaptándonos, afrontando el cambio y, sobretodo, aprendiendo.
Pero, sin parar del todo, como el ave que interrumpe su trayecto para alimentarse, en esta cuarta isla, hemos decidido frenar. No hay buena misión que se haga sin frenar y pensar, encontrando espacio para coger aire y respirar. Entonces en Tenerife, entre la intensidad y emotividad incesantes hemos hallado nuestro rincón de recarga, nuestra zona de cuidado y de cura. Esta isla, además supone para nosotros un punto de inflexión, el meridiano, la transición, un antes y un después… de golpe somos conscientes de que llevamos la mitad del viaje en la espalda y la otra mitad nos viene de frente. Es por ello que aprovechamos para escuchar lo que nuestras mentes tienen que decirnos.
Hemos vivido mucho pero lo que nos queda por delante merece que reflexionemos sobre cómo avanzamos en esta experiencia. En primer lugar profundizamos sobre cómo gestionamos nuestra energía día a día, pues está claro que el cachorro se esfuerza por aprender a correr, así como la flor transparente para atraer a los insectos… pero el ave no gasta todo su depósito en el primer día de migración. En segundo lugar pensamos sobre el tipo de personas de las que nos rodeamos y de qué manera, pues ni el gran árbol puede superar los fuertes vientos en solitario ni un ave puede llegar a su destino sin la ayuda orientativa de sus compañeros. De esta manera ha sido en nuestras últimas colaboraciones donde nos hemos dado cuenta de lo que somos capaces de conseguir si reunimos nuestras fuerzas (en la limpieza de playas y repartiendo bolsas reutilizables, erradicando la especie invasora llamada rabo de gato y habilitando un antiguo sendero).
Finalmente, frenamos y pensamos sobre cómo queremos afrontar futuras dificultades: bien sabemos que no es fácil ser alga sin estar sujeta a la firmeza de la arena o la roca marina, igual que no es fácil ser un camaleón y ser también de color blanco, pero sabemos que intentarlo nos dará un poco de “aquello” que nos ha incentivado a emprender el vuelo y será entonces cuando comprenderemos que convertir esa inquietud en voluntad no es debilidad, sino virtud.
Tenerife escucha
