Tenerife nos recibió con una tormenta de emociones, con una lluvia de sonrisas y miradas iluminadas, con un mar de ilusiones y sorpresas. Cada amanecer en esta isla refleja una belleza especial, un paisaje que describe la naturaleza en todo su esplendor. Sus montañas y volcanes esconden grandes historias, valles puros y verdes son regados por el océano del cielo, pueblos tinerfeños avivan la llama de nuestra curiosidad.
Tenerife ha sido una estrella en este viaje, con un brillo único en su universo transformador. Una ola de sensaciones se ha llevado consigo nuestros miedos, y nos ha brindado una gran dosis de libertad para ser más transparentes en este barco azul. Hemos reído, bailado, cantado. Hemos pedido perdón y hemos dado las gracias como una familia. Hemos escuchado a sabios personajes y hemos aprendido de sus hazañas. Hemos vivido la cultura de los tinerfeños en nuestra piel y con nuestros ojos.
Tenerife, la isla de la felicidad, nos ha regalado la oportunidad de hacer que nuestros sentimientos reprimidos dejen de naufragar y vayan a parar a la orilla de alguna playa paradisiaca, donde nos reciba la paz y la tranquilidad de sonreír, sin miedo de sentirnos cohibidos, para nuestros adentros y para los ojos de los demás. Juntos, en esa playa, hemos levantado poco a poco un castillo de arena que resiste al viento y al mar, que enfrenta cualquier huracán y que fortalece cada rincón de nuestra alma. Ahora, cada vez más, nuestras pisadas no se desvanecen, y sus huellas permanecen en la arena para mostrar el camino de 45 ruteros inquietos que quieren transformar el mundo a través de un profundo cambio en sus interiores.
Tenerife, la isla de la felicidad
