Son las 6:20 de un Viernes y ya estamos subiendo y bajando nuestras rodillas agitados a causa del crossfit, llenándonos de energía, anhelantes a descubrir el día programado para hoy.
Admiramos desde las ventanas de la guagua cada una de las calles del pueblo adornadas por la tenue luz amarillenta de sus farolas y dispersos cipreses que nos guían hasta un sendero zigzagueante al borde de la costa disipando nuestros últimos gestos soñolientos hasta el yacimiento de La Cucaracha, supuesto lugar de enterramiento.
Desde ahí, entre preguntas existenciales, desembocamos en la Cueva de la Gotera, donde conocimos a Nataniel Carrillo, presentado como un maestro liberal, espía incluso, quien era un simple médico que dedicaba su día a día en transmitir su conocimiento basado en un “laissez faire” y a quien le dedicamos un minuto de reflexión, admirando las enigmáticas vistas de lo que algún día fuese su ventana y sin saber muy bien cómo, nuestros pies llegaron a Salemera y a sus puertas de uno y mil colores distintos, exigiendo a gritos ser inmortalizadas.
Con nuestras mentes embriagadas de emprendiduria nos embarcamos en hora y media de trayecto rumbo al Roque de los Muchachos sin un solo instante de pausa entre canción y canción, hasta que aparecieron ellas, todos sucumbimos en un voluptuoso silencio, aparentemente inmóviles, una junto a otra avecinando la altura a la que nos encontrábamos, 2423 metros entre nubes, para contemplarlo a él y su inexplicable belleza, a sus últimos destellos, a su saludo, al atardecer.
Tenue luz
