Tierra de fuego

Entre parajes negros y llanuras blancas, nos conectamos con la singularidad de la isla de Lanzarote. Tesoros y misterios queríamos descubrir entre la diversidad de colores que a nuestros ojos deslumbró.
Tirolina, merenderos y todo un laberinto nos dejaban expectantes, engrandeciendo nuestras ganas de convertir una idea en una realidad, la realidad del Albergue Tegoyo. La proyección de la creatividad.
“Creer y crear están solo a una letra de distancia” y le dimos un toque de originalidad como hizo César Manrique en su micromundo, esta isla a la que tanto amó.
El turismo de Puerto del Carmen contrastaba con el cultivo de la vid en La Geria. Calor, esfuerzo y el efímero canto de los agricultores nos hacía ganar en conocimientos y valores. Nos humanizábamos como colectivo. Se notaba en las miradas cómplices que compartíamos con los señores mayores al recoger la uva.
Éramos individuos diferentes con una misma iniciativa: ser gestores del cambio. Jugábamos con la magia de isla en forma de caramelo y ella nos transmitía todo el fuego que bombea su corazón en sus tierras.

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