Vivimos en una burbuja

Vivimos en una burbuja. Vivimos en la era del capitalismo, donde la prioridad máxima reside en buscar la comodidad frente a despertar ese instinto de superación que todo el mundo almacena. 

Resulta sorprendente el poder de adaptación que el ser humano puede llegar a adquirir. Hemos conquistado continentes, océanos, tierras inhóspitas y algún que otro desierto. ¿Y aún así no nos sentimos cómodos? Tal vez, la naturaleza de nuestro ser consiste en ser nómadas, o como yo prefiero llamarlo: salir de nuestra zona de confort. Pero parece que nos cuesta. ¿Qué necesitamos para encender la chispa? 

Quizá simplemente sea un poco de fuerza de voluntad; ese concepto abstracto y difícil de visualizar pero que representa uno de los principales motores de nuestra vida. Así pues, la verdadera pregunta sería: ¿cómo aprovecharla? ¿Cómo podemos hacerla despertar y que nunca desaparezca?

Hoy hemos podido percibir un poco de la burbuja que nos rodea. Palparla; decidir si entramos o si preferimos continuar fuera. Y la mayoría de nosotros hemos decidido volver a meternos. Aunque fuera por 3 horas. Pero nos hemos metido de lleno, invirtiendo cada uno en lo que ha considerado necesario: comidita en un bar, helado fresquito, turismo de playa. Hemos retornado a la realidad de un día normal, nos vemos enterado a las novedades de los últimos días. Este pequeño tiempo de paisano ha consistido en justo eso: vestir ajenos al proyecto común. Y nos hemos percatado de una cosa, y es que sienta demasiado bien el mundo en el que vivimos. ¡Qué bien sienta la comodidad!

Pero pasado este tiempo debemos volver de nuevo a Ru7a, al hábito costoso que dejamos unas horas atrás. Volver a salir de la burbuja; pero volver con una nueva actitud, con una actitud de cambio. 

Ya no probaremos un plato caliente preparado por nuestra madre sin sonreír; ya no nos tumbaremos libremente en nuestra cama sin recordar que ese pequeño placer no puede ser disfrutado por todas las personas del mundo. Es más, tal vez, ya no nos dé tanta pereza levantarnos temprano para ir a la universidad o al trabajo. Y es que algo tan fácil como es ver el amanecer, algo que tenemos ahí delante y repitiéndose todos los días, no llegamos a apreciar ni su valor. La belleza que se respira, la fuerza, el optimismo, el renacer de un nuevo día, y que todo puede cambiar o ser posible. Hemos de saber darle a cada cosa su esencia, es decir, el valor mismo de lo que transmite. Apreciar todo como si fuera efímero, como si no pudiera volver a repetirse, como si no estuviéramos acostumbrados. Como si no existiera burbuja alguna a nuestro alrededor. 
 

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