Juntas (la historia de mucho más que una camisa)

Fue atrapada en una bolsa de plástico y sin ser dueña de mi destino como comencé mi viaje. Sólo era consciente de mi color azul, ni si quiera elegido por mí misma. Entonces llegó ella, un rostro desconocido pero lleno de emoción y ganas de comerse el mundo, y yo no podía explicar cómo estaba haciendo tan feliz a alguien a quien no conocía.
Juntas iniciamos nuestro camino, una camiseta con mil senderos por recorrer y una rutera con una mochila cargada de ilusiones. Pronto se nos unieron otros, como el polvo de los caminos o la pintura fugada por aquellos pinceles que tantos murales pintaron. Yo me sentía libre por primera vez en mi vida, por lo menos hasta que llegó el momento crucial de nuestra relación. Poco a poco nos fuimos separando y de nuevo me encontré en sus manos, frente a frente con quien momentos antes estaba compartiendo cada segundo de mi día. La inmersión me cogió por sorpresa, el agua gélida empapó cada poro de mi ser y con cada caricia de su mano yo sentía como poco a poco volvía a mi color azul original. Es entonces cuando me di cuenta de que nada malo me estaba sucediendo y que simplemente estaba siendo lavada por primera vez.
Y debo decir que ese fue mi último baño real de la expedición. Sí, hubo aclarados y breves inmersiones en palanganas, pero al final la tierra y yo nos volvimos uno. Me acostumbré a tener que compartir a mi nueva amiga rutera con otras dos camisetas, pero la espera no se hacía larga ya que podía disfrutar del sol canario acariciándome mientras me secaba.
Vivimos miles de experiencias juntas, pero no es el momento de pararme a relatarlas ya que esta no es una historia de lo que sucedió durante 35 días sino una introducción a todo lo que me espera por vivir tras haber terminado esta etapa del viaje. Chiquillos y chiquillas, que comience la aventura.

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