Historias de calle

Estoy sentada frente a una ventana. Hoy no recibiré visitas. Mi bisnieta Alejandra vendrá el domingo. Hoy no vendrá. Antes hacía pasteles, era repostera. Alejandra es maravillosa, muy prodigiosa. Me gusta un dulce que lleva miel, leche, huevo y almendras. Los solía hacer cada día. Estoy sentada en mi silla de ruedas, mis frágiles manos descansan sobre mis piernas hinchadas. Aquí hay algunos locos, no hablan. El domingo vendrá Alejandra, traerá felicidad a los locos. Veo muchachos con camisas azules a la entrada ¡son mucho! Están entrando… se acercan todos con grandes sonrisas. Los miro y sonrío también. Me recuerdan a Alejandra.
–       ¡Hola! ¿Cómo está?… ¿Cómo se llama?
–       ¿Quiénes son ustedes mis niños? ¿de dónde vienen?… me llamo María, ¿y ustedes?
Muchas camisas azules. Antes fumaba mucho, muchísimo, dos cajas al día con 18 años. Estoy sentido en un banco en la C/ León y Castillo, Lanzarote. Desde aquí veo la barbería que me salvó la vida. Fui a afeitarme y, resultó que volví a casa sin barba y dispuesto a dejar de fumar. Para mí era imposible, ya lo había intentado, pero Modesto, el barbero, me dio una lección de vida: “Hombre es aquel que elige su destino. Si quieres dejar de fumar ¡HAZLO! Si un objeto inanimado te vence no eres un hombre”. Esto me llegó al alma ¿cómo no voy a ser yo un hombre? llegué a casa y tiré todos mis cigarros.
Agarro mi bastón con fuerzas y lleno al completo mis pulmones mientras seme acercan…
“Somos todos tan ignorantes que no nos damos cuenta de que los demás ven lo ignorante que somos” Modesto Martin Betancor,
pero no el barbero, sino el hombre sentado en un banco.

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