La aventura de vivir

Llegó el día, pensé detenidamente, ese día con el que había soñado desde que comenzó el proceso de selección. Era el día 0 y tocaba preparar la maleta, ya había visto las caras de los que serían mis compañeros de viaje, las cerca de 60 caras que vería durante los próximos 35 días, las personas con las que compartiría una experiencia irrepetible, por lo que, a pesar de tener una lista, en mi maleta solo había lugar para la ilusión y los retos que me había marcado. No necesitaría mucho más.
El viaje comenzó de forma confusa e intensa, la coordinación hablaba de muchos conceptos que aún no entendía muy bien, palabras como “Ubuntu” o “filosofía Eco” sonaban un poco raras todavía, el ritmo era agotador y a pesar de que la gente era fantástica me asaltaban las dudas de si era posible aguantar ese ritmo 35 días, pero uno a uno iban pasando y parecía que todo iba cobrando sentido, aquellas palabras ya pasaban a formar parte de mi vocabulario cotidiano, empezaba a conocer y a percibir las necesidades de mis compañeros, que ya no solo eran personas interesantes, tenían ya nombres, apellidos, un pasado… Mientras descubríamos lugares paradisiacos forjábamos un equipo, un equipo de amigos que vivían en comunidad de forma nómada, en ese momento no me podría sentir mejor, mirara a donde mirara solo encontraba caras amables, gestos de aprobación, sonrisas de complicidad y aún quedaba tiempo por delante para seguir disfrutándolo.
Pero si algo tiene el tiempo es que nunca se detiene, casi sin darnos cuenta afrontamos los últimos días de viaje, mi cabeza estaba desbordada de información, y preguntas como que has aprendido y como te sientes se repetían continuamente, pero era incapaz de saber responder… Mi cabeza era un coctel de emociones, no me acordaba a la perfección de todo lo que habíamos hecho, pero no podía olvidar los momentos de felicidad absoluta cuando reímos a carcajadas, cuando cantábamos en la guagua hasta desgarrarnos las gargantas, cuando lloramos de emoción… La aventura llegó a su fin, pero con la sensación de que algunos instantes, conversaciones y personas son eternas en nuestras vidas y pasan a formar parte de uno mismo.

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